baja autoestima y la crítica patológica

BAJA AUTOESTIMA – La crítica patológica

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Todo el mundo tiene una voz interior crítica, pero las personas con baja autoestima, tienden a tener una crítica patológica más dañina y acusada.

La crítica te señala las cosas que van mal, te compara con el resto, con sus logros y capacidades, dejándote casi siempre en desventaja. Fija unos estándares de perfección prácticamente imposibles de cumplir y, luego, te castiga ante el mínimo error. Siempre te recuerda tus fracasos y se olvida, a su vez, de tus logros y virtudes.

Esta crítica te obliga, siempre, a ser el mejor. Dicta cómo debes vivir, qué reglas son las correctas y morales y, si decides un día que quieres saltarlas, te tacha de inmoral, estúpido, egoísta y otras tantas cosas más. Te obliga a creer que todo es verdad, que tus amigos y tu entorno se cansan de ti, que aburres, que siempre dices tonterías y haces que se agobien al verte. La crítica es capaz de exagerar esas debilidades que sientes y llevarlas al extremo. Día a día va dejando una huella más profunda en ti, infravalorándote tanto, que llegas a justificar todas y cada una de sus ofensas.

Podríamos decir que la crítica es una especie de chacal psicológico que, a cada ataque, debilita y deshace cualquier buen pensamiento y sentimiento que creas sobre ti mismo.

Una crítica, intensa y permanente, es altamente tóxica. La aflicción y el dolor se pueden llegar a pasar con el tiempo, pero la crítica siempre está contigo. No tienes ninguna defensa ante ella y, cada vez que aparece, vuelves a sentirte como un niño al que han castigado por hacer algo mal. Casi siempre, su voz tiene más peso en tu mente que la tuya propia.

A través del “encadenamiento”, despliega sus acusaciones mostrándote escenas del pasado que te llevan a otras y así, sucesivamente, recordándote hechos penosos y dolorosos, sin que puedas hacer nada por detenerlo. Tiene muchas armas, entre las más efectivas, encontramos los valores y reglas de vida que has tenido desde pequeño. La crítica vuelve a tus “debes” contra ti, comparando tu forma de ser, con la forma en que deberías ser, juzgándote siempre mal, insuficiente. De este modo, te considera un fracaso si te despiden o te divorcias o sales algún día con tus amigos, haciéndote creer que no vales, que no sabes, que tu deber es otro.

El origen de la crítica

La crítica nace durante la más temprana experiencia de socialización de la mano de nuestros mayores. En la infancia, nuestros padres nos enseñan qué conductas son aceptables, peligrosas, moralmente reprochables, cuáles son loables o cuáles causan enfado.

A través de las muestras de cariño cuando hacemos algo “bien” y los castigos cuando hemos hecho algo “mal”, aprendemos cómo tenemos que ser. Por lo tanto, es imposible crecer sin haber experimentado un gran número de situaciones de castigo.

El teórico de la personalidad Harry Stack Sullivan llamaba “gestos prohibitivos” a estas situaciones de castigo. Por este motivo, un niño al que su padre riñe por una determinada acción, durante unos instantes, cree que es una mala persona. Consciente o inconscientemente, el niño sabe que sus padres son necesarios para su vida y, si fuera objeto de rechazo, no tendría nada. Por lo tanto, la aprobación de sus padres es cuestión de vida o muerte para el niño.

Todos los niños crecen con residuos emocionales de estos gestos prohibitivos. Conservan el recuerdo, consciente e inconsciente, de todos esos momentos en que se sintieron malos o fueron castigados. Estas son las cicatrices inevitables que el crecimiento deja en su autoestima, siendo el punto de partida de la crítica. Ésta se nutre de esos sentimientos de ser malos cuando alguien se enfada con nosotros o cometemos un error o no alcanzamos un objetivo determinado. Esa voz encaja perfectamente con la idea que ya estamos haciendo sobre nosotros y nos recuerda ese castigo que nos enseñaba, lo que estaba bien o mal, cuando éramos unos niños.

Hay 5 factores principales que establecen la importancia de nuestros primeros sentimientos de malestar:

1. La medida en que se hicieron pasar por “imperativos morales” cuestiones de gusto, necesidades personales, de seguridad o buen juicio.

  1. Tachar de malo al niño que ha olvidado hacer los deberes.
  2. El niño que quiere determinado corte de pelo o jugar con un skate y, de repente, es un niño malo.

La cuestión no es, en realidad, más que un tema de gusto, no cumplimiento de tareas o un criterio diferente, pero los padres hacen sentir “moralmente” mal al niño y ese es el principio de una baja autoestima.

2. La medida en que los padres dejaron de diferenciar entre conducta e identidad.

Un niño que oye un aviso firme acerca de los peligros de correr por la calle, tendrá mejor autoestima que un niño que oye que es “malo” cuando corre por la calle.

La criatura que es un “niño malo” recibe el mensaje de que él y su conducta no son buenas. No aprende la diferencia entre lo que hace y lo que es. En la edad adulta, su crítica atacará su conducta, pero también su valía como persona.

3. La frecuencia de los gestos prohibitivos.

La frecuencia de los mensajes negativos de los padres, tiene un impacto sobre los sentimientos de valía originales. El ministro de propaganda de Hitler comentó en una ocasión que el secreto para que se creyese cualquier mentira era repetirla lo suficiente. La mentira de que no eras bueno no la aprendiste con el primer castigo de tus padres, si no con la crítica reiterada.

4. La consistencia de los gestos prohibitivos.

Imagina que a tus padres no les gustaba que dijeras “idiota”, podrías pensar que es algo absurdo, pero lo acatarías y, a día de hoy, seguirías sin usar esa palabra. Ahora supón que, en ocasiones, te dejaban decirlo y, en otras, no. La conclusión a la que llegaste es a que lo “malo” no es la palabra en sí, si no tú. Los niños que han experimentado una educación incongruente sienten a menudo una sensación de culpa exagerada.

5. La frecuencia con que los gestos prohibitivos estuvieron vinculados a la ira o rechazo paternos.

Los niños pueden tolerar una buena dosis de crítica sin experimentar un daño grave en su sensación de valía personal. Sin embargo, si la crítica va acompañada de ira o rechazo paterno (real o no), tendrá una enorme potencia.

Esta actitud transmite un mensaje inequívoco: “Eres malo, y te rechazo”. Como esto es lo más terrible que puede oír un niño, con toda seguridad lo recordará. En la edad adulta, la crítica utilizará esta sensación de maldad para fustigarle psicológicamente y maltratarle.

En este punto hay que destacar que, estos factores no hay que experimentarlos únicamente de manera directa, si no que pueden ser aprendidos de forma vicaria. Es decir, un niño que ha crecido en una familia con más hermanos y, aunque no ha sido castigado directamente, viendo los motivos por los que sus hermanos han recibido sus reprimendas, entiende qué situaciones